Soy Carmen Martín Robledo, si estás en mi blog, esto ya lo sabes, pero es importante personalizar este artículo. Tengo 62 años y, durante la mayor parte de mi vida, pensé que mis peculiaridades eran simples defectos de personalidad.
Hoy sé que mi cerebro simplemente funciona con un sistema operativo distinto. A través de la información que he ido descubriendo (y que ha sido un auténtico salvavidas), he podido encajar las piezas de un rompecabezas que lleva seis décadas acompañándome.
Esta es la historia de mi autodiagnóstico de TDAH en la edad adulta, un viaje de luces, sombras y, sobre todo, de mucha comprensión.
Una vida de despistes, mudanzas y mil ideas sin terminar
Si hay algo que ha definido mi día a día es el despiste crónico. He perdido la cuenta de las gafas, llaves y teléfonos que he dejado por ahí. ¿El coche? Más de una vez no he sabido dónde lo había aparcado. Afortunadamente, he ido creando mis propios métodos para sobrevivir: ahora hay una caja sagrada para las llaves en la entrada y siempre le tomo fotos al lugar donde dejo el coche.
Esa misma inquietud se ha reflejado en mi trayectoria vital. Me he mudado más de nueve veces, cambiando de ciudades y de países. La inconstancia es mi compañera de viaje; no suelo durar mucho en el mismo trabajo porque hacer siempre lo mismo me aburre soberanamente.
Y luego están los impulsos y los proyectos. He llegado a estar apuntada a 20.000 cursos a la vez, invirtiendo hasta 3.000 euros en formaciones que, en muchos casos, ni siquiera he comenzado.

Mi cerebro ansía esa dopamina de lo nuevo, lo que también se traduce en una capacidad de ahorro nula y compras impulsivas de productos que no necesito (sí, incluyo esos aparatos de gimnasia que acaban de perchero y las suscripciones al gimnasio que nunca piso).
La tiranía del tiempo, la sinceridad y la hiperfocalización
Soy apasionada y extremadamente perfeccionista en lo que hago. Esto es fantástico si quieres ser competitiva, pero se vuelve en mi contra cuando empiezan las comparaciones o cuando pretendo que los demás lleven mi mismo ritmo. Todo lo quiero para ya, y me cuesta entender que no todas las personas tienen mi misma forma de medir las prioridades.
El tiempo y yo tenemos una relación tóxica. Lo de llegar tarde me pasa a menudo porque mi cerebro siempre calcula el tiempo in extremis, creyendo que en cinco minutos puedo hacer lo que en realidad toma media hora.
A nivel social, la sinceridad excesiva me juega malas pasadas. El tacto no es lo mío, y muchas veces no soy consciente de que mis palabras pueden hacer daño hasta que ya las he soltado. Al mismo tiempo, me concentro tanto en mis propios pensamientos que, de repente, me desconecto si me están hablando. Le pasa constantemente a mi hijo; me está contando algo y mi mente ya está a kilómetros de distancia.
Ansiedad, insomnio y el consuelo de la tecnología
Vivir con este motor a mil revoluciones y el «freno de mano echado» pasa factura. La ansiedad constante ha sido el telón de fondo de mi vida, derivando en obesidad mórbida porque en la noche siempre tengo ganas de picar. Mi cerebro buscaba esa gratificación inmediata. Afortunadamente, una cirugía bariátrica y el control con Wegovy me mantienen hoy en un peso adecuado, alejándome de ese bucle.
Tampoco duermo mucho. El insomnio me acompaña desde muy joven, pero he aprendido a darle la vuelta: prefiero estudiar y trabajar de noche. Sin ruidos, sin interrupciones, es mi momento de mayor productividad.
Trabajar por horas es un concepto que mi cerebro rechaza; yo funciono por objetivos. El problema es que, aunque me gusta el dinero, a la hora de trabajar no es mi prioridad.
He montado negocios con ideas brillantes y exitosas, pero cuando toca gestionar la parte económica, el papeleo o cobrar por mi tiempo, se vuelven un absoluto desastre.

El laberinto médico y mi refugio en lo digital
En este camino de descubrimiento, Internet y la tecnología han sido mis grandes aliados. Como bien dicen algunos expertos en la red, combinar una mente que va a la velocidad de la luz con herramientas como la Inteligencia Artificial es una explosión de productividad. El teletrabajo es genial para mí; me encanta aprender, compartir, ayudar, investigar y descubrir cosas nuevas todos los días.
Sin embargo, el sistema de salud ha sido un muro. Llevo años intentando que la Seguridad Social me ayude con un diagnóstico oficial, pero me insisten en que en adultos «no existe esa posibilidad». Desesperada, pagué un seguro privado en Sanitas, pero después de pasar por cuatro psicólogas y una psiquiatra, no me ha servido absolutamente para nada, porque o «dicen que no estoy dentro del patrón, o que ya a estas alturas de qué me sirve el diagnóstico, o como en el caso de la psiquiatra, después de 10 minutos, tres pastillas que casi me dejan inconsciente el día que me las tomé.
Parece que si no cumples el estereotipo de la niña hiperactiva, eres invisible, y lo que está claro es que en mi época, lo del TDAH ni «existía».
Pero no me rindo. Volveré a exigir a mi médica de cabecera una cita con el área de psicología, porque gracias a un vídeo de una especialista, resulta que sí, que hay un área de psicología que puede perfectamente analizar tu caso y darte tratamiento o incluso derivarte a psiquiatría si es necesario. Merezco un diagnóstico verdadero y una orientación realista.
Mientras eso sucede (a saber los meses o años que estaré intentándolo), los métodos y trucos que he ido creando para sobrevivir me están ayudando.
Hoy tengo una certeza inquebrantable: esto no es una moda de TikTok ni una excusa para la pereza. Es una forma de ser, un desarrollo neurológico diferente. Tomar consciencia de ello me ha quitado un peso inmenso de encima y me ayuda a mejorar mi forma de actuar cada día. Porque, al final del día, estoy convencida de algo fundamental: en mi diferencia está mi excelencia.
En otro artículo compartiré los «trucos» que me funcionan y si alguien que me lea también pasa por esto y sabe cómo ponerle remedio, pues genial, aquí estoy esperando en los comentarios.
¿Te sientes identificada con alguna de estas situaciones o estás en la lucha por un diagnóstico en la edad adulta? Me encantaría leer tu experiencia y conectar contigo.
Puedes encontrarme y seguir la conversación en mi perfil de LinkedIn: Carmen Martín Robledo. ¡No estamos solas en esto!
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