Claude es mi descubrimiento más reciente. Cuando probé Claude me llamó la atención algo que ahora repito en las formaciones: cuando le pido que escriba, no quiero que me sustituya, quiero que me guíe. Y para eso hay que saber pedir. La diferencia entre una respuesta que sirve y una respuesta genérica casi nunca está en la herramienta, está en cómo formulas lo que necesitas.
He dado formación sobre Claude y sobre Google Workspace, con Gemini incluido, a empresas de distintos sectores, y he mentorizado a decenas de negocios en un proyecto pensado para explicarles el mundo digital. Con el tiempo se repiten los mismos tropiezos. Por eso reúno aquí seis hábitos que funcionan con las dos herramientas, sin trucos raros y sin necesidad de ser una persona experta en tecnología.
Primer hábito: cuenta quién eres y para quién es el texto
El error más común es empezar con una petición de una línea: «Escríbeme un correo para clientes». La herramienta no sabe si tu negocio es una clínica, una tienda o una consultoría, ni si tu clientela espera un tono formal o cercano, ni qué quieres conseguir con el mensaje. Así que responde con lo más previsible, que es un texto que valdría para cualquiera.
La documentación oficial de Anthropic sobre ingeniería de instrucciones, que puedes consultar en su guía para escribir prompts, pone la claridad, la franqueza y el contexto entre las técnicas básicas. Traducido a lo cotidiano: dile qué haces, a quién te diriges y para qué es el texto. Compara «Escríbeme un correo» con «Tengo una pequeña tienda de productos canarios en Gran Canaria y quiero avisar a mi clientela habitual de que abrimos la campaña de Navidad. Quiero un tono cercano y un texto breve». La segunda petición ya te devuelve algo utilizable.
Yo lo hago casi por inercia. Antes de pedir nada, dedico una frase o dos a explicar mi situación, igual que haría con una persona que acaba de incorporarse a un equipo y no conoce el negocio.
Segundo hábito: di cómo será un buen resultado
La misma guía de Anthropic recomienda, antes de trabajar en una instrucción, tener claros los criterios de éxito. Sin tecnicismos: ¿cómo sabrás que la respuesta es buena? Puede ser que el texto no pase de 150 palabras, que incluya una llamada a la acción, que evite ciertos términos o que se pueda leer en el móvil en medio minuto.
Cuando das esos criterios, la herramienta trabaja con un objetivo, y tú tienes un patrón para juzgar lo que te devuelve. Yo suelo terminar mis peticiones con una línea del tipo: «El resultado debe poder leerse en menos de un minuto, en español de España, sin frases hechas». Esa frase final ahorra mucha edición posterior.
Tercer hábito: enséñale un ejemplo
Los ejemplos son una de las técnicas que más rinden y menos se usan. Si tienes un correo que te salió especialmente bien, una respuesta a una reseña que te gustó o una descripción de producto que representa tu estilo, pégalo en el chat y explica: «Quiero algo con este tono y esta estructura, pero para otro servicio».
La razón es fácil de entender. Es mucho más sencillo imitar un ejemplo que interpretar una descripción abstracta de un estilo. Al mostrárselo, también estás protegiendo tu voz: el texto que sale se parece a ti y no a una web cualquiera. Para quienes hemos trabajado en comunicación es como cuando en una producción audiovisual se enseña una referencia visual en lugar de intentar explicarla con palabras.
Cuarto hábito: pídele que te haga preguntas antes de responder
Este es mi favorito y el que más sorprende en las formaciones. En lugar de intentar prever todo lo que la herramienta necesita saber, invierte los papeles: «Quiero preparar una oferta para una empresa que quiere formar a su plantilla en IA. Antes de escribir nada, hazme las preguntas que necesites para hacerlo bien».
Se abre una conversación en la que la herramienta te va sacando datos que tú no habías pensado en darle: el presupuesto, el plazo, el perfil de las personas que asistirán, el resultado esperado. Es lo que haría una buena profesional en una primera reunión. Y para quienes, como yo, no son informáticas, tiene otra ventaja: no exige saber de antemano qué se puede pedir. Vas descubriéndolo sobre la marcha.
Funciona tanto en Claude como en Gemini, y es una de esas costumbres que, una vez adquiridas, ya no se abandonan.
Quinto hábito: divide las tareas grandes en pasos
Si le pides a la herramienta un plan de marketing completo de una sola vez, obtendrás un documento largo y superficial. Si lo divides, obtienes algo mucho mejor. Primero pídele que analice tu situación y que te haga un resumen. Después pídele tres posibles líneas de acción. Elige una y pídele que la desarrolle. Luego, que redacte los primeros contenidos.
Este método aparece en la guía de Anthropic como encadenamiento de instrucciones, junto con otra técnica relacionada, la de pedirle que razone paso a paso antes de dar una respuesta, lo que se conoce como cadena de pensamiento. Para una pyme lo importante es la idea de fondo: trabajar en tandas cortas y con revisión entre una y otra, como en una edición de vídeo, donde nadie monta la pieza entera de una tacada sino que va secuenciando y ajustando.
Cómo queda todo junto en una sola petición
Para que se vea el efecto acumulado, imagina una pequeña empresa de turismo activo en Tenerife que quiere responder a una reseña negativa. Una petición floja diría: «Contesta a esta reseña». Una petición trabajada diría algo así: «Soy la responsable de una empresa familiar de excursiones en Tenerife. Una clienta ha dejado una reseña de dos estrellas porque el grupo salió con veinte minutos de retraso. Quiero una respuesta breve, cercana y sin excusas, que reconozca el fallo y ofrezca una solución concreta. Aquí tienes otra respuesta mía que me gustó, para que copies el tono. Antes de escribir, pregúntame lo que necesites saber».
Fíjate en que esa petición usa cuatro de los hábitos a la vez, y en que no tiene nada de técnico. Es exactamente lo que le explicarías a una persona que empieza a trabajar contigo el lunes. Con Claude o con Gemini, el resultado suele ser una respuesta que puedes ajustar en dos minutos, en lugar de reescribirla desde cero.
Conviene además evitar dos errores frecuentes. El primero es quedarse con la primera respuesta: casi siempre mejora mucho con un segundo mensaje del tipo «más corta», «menos formal» o «quita la primera frase, suena a plantilla». El segundo es abandonar la conversación a la primera decepción. La herramienta no recuerda de la misma manera que una persona, así que si la charla se ha desviado, es mejor abrir una nueva y volver a empezar con todo el contexto bien explicado.
Sexto hábito: revisa siempre lo que va a salir con tu nombre
Este hábito es el que separa un uso profesional de un uso descuidado. Cualquier herramienta de IA puede equivocarse: inventar un dato, malinterpretar una cifra o sonar segura cuando no debería. La responsabilidad de lo que se publica o se envía sigue siendo tuya.
Mi método, heredado del periodismo, es sencillo. Cada cifra, precio, fecha o cita se comprueba en la fuente original. Le pido a la herramienta que me indique de dónde ha sacado cada dato y luego abro yo ese enlace. Si no puede darme la fuente, ese dato no entra. Con las herramientas de pago, además, conviene mirar siempre el precio en la web oficial, porque cambia con frecuencia. Por ejemplo, según la página de precios de Claude, el plan Pro cuesta 15 euros al mes con facturación anual o 18 euros al mes pagando mensualmente.
En España, según la página oficial de planes de Google AI, Google AI Pro cuesta 21,99 euros al mes y Google AI Plus, 4,99 euros al mes.
Un apunte sobre los datos de tu clientela
Los seis hábitos tienen un límite claro: la información personal.

Antes de pegar en un chat el correo de una clienta, un contrato o los datos de una persona de tu equipo, revisa las condiciones de privacidad de la herramienta. En el caso de Claude, según Anthropic, en sus productos para particulares (gratuito, Pro y Max) los chats solo se usan para mejorar el modelo si la persona usuaria lo permite, y los chats en modo incógnito no se usan para ello. Los entornos de trabajo y la API tienen condiciones diferentes. Gemini dentro de Google Workspace también tiene sus propias políticas, que conviene revisar con la persona que administra la cuenta de tu empresa.
La solución práctica que recomiendo es anonimizar. Cambia los nombres por «cliente A» y los importes exactos por rangos cuando lo que necesitas es la estructura y no el dato.
Cuánto tiempo cuesta empezar
Según la última encuesta del Instituto Nacional de Estadística, el 13,4 % de las microempresas españolas usaba IA en el primer trimestre de 2025 (puedes ver el dato en su nota de prensa). Es una cifra que ha crecido con rapidez y que seguramente ya es mayor, pero sugiere que el resto de las microempresas está todavía a tiempo de aprender sin quedarse atrás.
Los seis hábitos requieren, en realidad, más costumbre que conocimiento. Si esta semana solo pudieras incorporar dos, elegiría el primero y el cuarto: contar quién eres y pedir que te pregunten. Con esos dos cambios, las respuestas de cualquier herramienta mejoran de forma notable, y el esfuerzo es casi nulo.
Si te interesa la parte estratégica, en el blog hablé del informe de McKinsey sobre construir o comprar tu propia IA, que ayuda a decidir hasta dónde llegar. Y si tienes una micropyme o trabajas por cuenta propia en Canarias, mi artículo sobre el programa Diginnova Canarias 2026 te puede interesar.
Yo sigo aprendiendo cada semana, superados los 60, y sigo pidiéndole a la IA lo mismo que al principio: que me ayude a pensar mejor, no que piense por mí. Ese es el criterio que uso siempre que dudo de si estoy usándola bien.
¿Y tú cómo usas la IA? ¿Tienes otras herramientas diferentes con las que trabajas? Me encantaría conocer tu experiencia en los comentarios. ¡Te leo!


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